Los ricos saben algo que tú no, y están deseando contártelo
No fue un golpe de suerte, una idea genial, o darse duchas a menos setenta grados mientras ponian las pelotas al sol. Fue aguantar mucho más tiempo, del razonable para la mayoría de la población, haciendo algo incómodo. Mientras todos los demás ni siquiera lo intentaban.
Yo también me he equivocado con mi dinero, muchas más veces de las que me gustaría admitir en una cena familiar. Y precisamente por eso me interesa la parte que no se enseña: la decisión que lo cambia todo, los meses de mierda, el acojone antes de dar el paso. Y antes de que me lo digas, sí, la meritocracia existe. Si alguien es hijo de un millonario es porque alguien en su árbol genealógico le echó huevos, no hay más. El resto son excusas para dormir bien y que no te molesten demasiado la luz artificial y el café requemado de máquina.
OS CUENTO ALGOConocí a un tipo en Dubái que en los bares les tiraba naranjas a las tías para llamar su atención. Nadie le decía nada. No porque les pareciera gracioso, sino porque gastaba diez mil euros al día en ese sitio.
No te lo comparto porque me pareciera admirable — me parecía un capullo mononeuronal — sino porque desmonta un mito muy cómodo: no hace falta ser especialmente inteligente para lograr la libertad. Ni guapo, ni hijo de Cristiano Ronaldo, ni socio del betis, ni medir dos metros, ni hablar arameo. Hace falta perseverar en algo, lo que sea, un número obsceno de veces, hasta que la estadística se ponga de tu lado.
Esta newsletter va de esto: mi propia vivencia sobre este tema, y las historias de gente que sí lo ha conseguido, contadas de manera que no te duermas en el camino.
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Un comercial que en los años 80 se dedicaba a importar de Italia a España cualquier producto que encontrara. Focaccia, ropa, bolsitas de té, le daba igual. No le importaba si funcionaba, porque sabía que le bastaba con que uno solo pegara fuerte para acabar en las estanterías de todos los supermercados del país.
Uno de esos productos fue el Lambrusco. Hoy está en cualquier lado, y casi nadie recuerda que llegó aquí porque un tío probó con veinte cosas hasta que una de ellas funcionó.
Eso es lo que aquí importa de verdad. No queremos la historia del genio superdotado que tuvo una epifanía, sino la del que prueba tantas veces que, por pura estadística, algo tenía que salirle bien. Aquí no hay atajos.
Si buscas una fórmula para hacerte rico en 5 días, esto no es para ti. Si quieres ver de cerca cómo piensa la gente que construyó algo, sigue leyendo cada semana.
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